Iba en busca de un hombre que no concede entrevistas, que no aparece en fotografías y cuyo nombre circula más como leyenda que como autor: Kaspar de Guatavita.
La casa apareció sin previo aviso.
Un instante antes solo había niebla; al siguiente, una estructura de madera oscura emergía como si siempre hubiera estado allí, esperando ser descubierta, parecía una de las casas donde el sabio Humboldt pasó la noche en las faldas de Chimborazo, ladrillos de adobe amarillentos y un techo de paja ocre. No había cercas, ni caminos visibles, ni señales de electricidad. Solo una puerta entreabierta y el sonido tenue de hojas siendo movidas por el viento.
—Llegó —dijo una voz alegre desde adentro, antes de que tocara.
Entré.
El interior era cálido, impregnado de un aroma a tierra húmeda y madera antigua. Libros apilados sin orden aparente cubrían mesas, estantes y parte del suelo. No había retratos, ni espejos. Solo ventanas abiertas hacia la bruma.
Kaspar no estaba donde esperaba. No había una figura frente a mí, sino una presencia que parecía desplazarse entre los espacios.
—No busque mi rostro —añadió la voz, tranquila—. Siempre distrae de lo importante.
Me senté, aunque no recuerdo haber decidido hacerlo.
Hablar con Kaspar no es exactamente una conversación. Es más parecido a escuchar cómo el paisaje piensa.
Dice que no escribe poesía. Que la poesía ocurre, y él apenas la recoge.
—El error del mundo —me dijo— es creer que las palabras nacen en la cabeza. Las palabras nacen en el viento… en el agua… en lo que muere y vuelve.
Le pregunté por qué eligió el páramo.
Hubo una pausa larga. Afuera, algo crujió, como hielo rompiéndose bajo tierra.
—No lo elegí —respondió finalmente—. El páramo es un lugar donde las cosas no tienen prisa por ser comprendidas. Eso lo vuelve honesto.
Tomó uno de los cuadernos cercanos. No me lo entregó, pero lo abrió lo suficiente para que pudiera ver líneas escritas a mano, irregulares, casi como si hubieran sido trazadas mientras caminaba.
Alcancé a leer:
“El musgo tiene las respuestas y el rocío de las flores las preguntas”.
—¿Publicará eso? —pregunté.
—¿Para qué? —respondió—. Si alguien necesita esas palabras, el páramo se las dirá.
El tiempo dentro de la casa no es medible. No hay relojes, ni cambios claros de luz. Solo la sensación de que uno ha estado allí el tiempo suficiente para olvidar por qué vino.
Antes de irme, intenté una última pregunta.
—¿Quién es Kaspar de Guatavita?
Hubo silencio. Luego, casi como un susurro que no venía de un lugar específico:
—Una excusa.
Cuando salí, la casa ya no estaba.
O tal vez sí, pero la niebla decidió no mostrármela de nuevo.
El camino de regreso parecía distinto, como si algo en mí hubiera cambiado de escala.
Solo me quedó la certeza de que, en algún lugar del páramo, alguien sigue escribiendo sin necesidad de ser visto.
Y que quizás esa sea la forma más pura de la literatura.
La editorial Arte y Conservación recogió varios escritos del maestro Kaspar y los publicará en el Paramo Spectabilis, Poemas de la montaña y el frío.
El 70% de las ganancias serán destinadas a la restauración del bosque altoandino en la reserva Santuario Norte